Por: Nicolás Goyeneche-Valderram
Era el 7 de febrero de 2003 y la noche, tan fría como suelen ser las noches bogotanas en esa época del año, se alzaba sobre el Club el Nogal. Dentro de sus muros de ladrillo y piedra mas de 600 personas compartían con sus familias y amigos en los restaurantes y bares del Club, como cualquier otro vierne, algunas hacían deporte en sus instalaciones, e incluso un grupo de niños se preparaba para hacer una presentación, seguramente ante un grupo de padres orgullosos de ver a sus hijos cantar o bailar al ritmo a una ronda infantil. No lo sabían, pero debajo de sus pies, parqueado en el tercer piso del estacionamiento del Club, un Renault Megane Rojo contenía la muerte, 200 kilos de ANFO escondidos en la silla trasera, esperando ser detonados y desatar el infierno que llevaban dentro.
A las 8:15 pm una explosión rompió con la tranquilidad cotidiana de los barrios alrededor de El Nogal. Una bola de fuego se extendió en cuestión de segundos, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. La explosión destruyó los vehículos que se encontraban en el parqueadero, así como la fachada que se rompió en pedazos sobre cientos de peatones y conductores que pasaban por ahí, echó abajo las columnas de concreto del edificio y cortó de tajo la vida de 36 personas que se encontró a su paso. 138 almas lograron salvarse de la conflagración, pero tendrían que vivir con sus heridas y el recuerdo de esa noche. La Carrera Séptima, quizás tan trancada como ahora en plena hora pico, se llenó en unos instantes con una caravana de ambulancias, las 14 máquinas de bomberos que intentaban desesperadamente apagar las llamas mientras un ejercito de socorristas buscaba heridos y sobrevivientes dentro de los escombros del Club.
Entre tanto, decenas de cuadras más al sur, el Presidente de la República, posesionado tan solo seis meses antes, llevaba a cabo en Palacio un consejo de seguridad, evaluando con sus generale sla situación de orden público, libraba una guerra sin cuartel en contra de las organizaciones ilegales y los grupos armados al margen de la ley, que en ese entonces, al igual que ahora, tenían al país dominado por la zozobra y el terror. Al enterarse del atentado Álvaro Uribe Vélez se dirigió al lugar de los hechos y responsabilizó a las FARC por el dantesco atentado. Inicialmente las FARC se negaron a aceptar su responsabilidad, pero finalmente lo hicieron, tratando de justificarse en que en el Club se habían dado reuniones entre funcionarios del Gobierno Uribe, reuniones que nunca pudieron probar porque jamás ocurrieron.
21 años después, una llama perpetua recuerda la tragedia y por desgracias, las victimas siguen esperando justicia, saben que quizás esta nunca llegue. Los responsables del atentado, las FARC, luego de años de negociaciones con el Gobierno de Juan Manuel Santos, lograron, no solo ocupar curules en el Congreso de la República, sino también diseñar un sistema de justicia transicional a su medida: Por un lado, creando una Comisión de la Verdad que se dedicó a construir una versión ideologizada de la historia y que en el caso del Club EL Nogal, solo escuchó a algunas de sus víctimas, mientras la mayoría fueron ignoradas.
Por otro lado, establecieron una jurisdicción especial, la JEP, que en ocho años de operación, a pesar de las tutelas presentadas por las víctimas, jamás priorizó la investigación del atentado, obstaculizó la acreditación de sus víctimas, esperó hasta el año 2022 para incluirlo en uno de sus macrocasos y por culpa de su negligencia, alias El Paisa, uno de los máximos responsables del ataque a El Nogal, pudo volver a las armas y morir en el estado de Apure en Venezuela sin pagar por sus crímenes.
Por desgracia, la impunidad que ha rodeado el caso del Club el Nogal no es un evento aislado, hace parte de un plan muy bien armado para garantizar que los victimarios permanezcan libres, aportando una parte ínfima de la verdad y sin reparar a sus víctimas, un plan que podría repetirse en el marco de los diálogos que se adelantan con el ELN, en los que participa Alias Violeta, la responsable de otro caso de terrorismo urbano, de menor magnitud cometido en 2017 en el Centro Comercial Andino, a unas pocas cuadras del Club El Nogal y que de repetirse la historia, quedará también indemne e impune.